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La seguridad del temor

La seguridad del temor

Mike Yaconelli
Artículo Especialidades Juveniles

La tragedia de la fe moderna es que ya no somos capaces de atemorizarnos. No le tememos a Dios, no le tememos a Jesús, no le tememos al Espíritu Santo. Como resultado de esto hemos terminado con un evangelio centrado en nuestras necesidades y esto atrae a miles… pero no transforma a nadie.

¿Qué sucedió con el temor que nos daba escalofrío hasta los huesos, que nos movía el piso, que nos daba dolor de estómago, que nos hacía que las rodillas se golpearan una contra la otra, que nos detenía el corazón y cambiaba nuestras vidas a tal grado de dejarnos sin palabras, paralizados e inútiles? ¿Qué sucedió con aquellos momentos cuando tu y yo abríamos nuestras Biblias y nuestras manos comenzaban a temblar porque teníamos temor de la Verdad que podríamos encontrar ahí? Barclay nos dice que la palabra “Verdad” utilizada en la Biblia tiene tres significados—es una palabra que se usa para describir a un luchador agarrando a un oponente por la garganta, es una palabra que significa desollar a un animal y es una palabra utilizada para describir la humillación de un criminal quien fue expuesto frenta a una multitud con una daga atada a su cuello con la punta bajo su barbilla para que no pudiera bajar la cabeza. ¡Así es realmente la Verdad! Nos agarra por la garganta, nos desolla por completo y nos forza a ver el rostro de Dios. ¿Cuándo fue la última vez que tu y yo escuchamos la Verdad de Dios y fuimos agarrados por la garganta?

Desafortunadamente, algunos de nosotros a quienes se nos han encomendado las temibles Buenas Nuevas nos hemos obsesionado con hacer un Cristianismo seguro. Hemos descolmillado al tigre de la Verdad. Hemos domado al Leon y ahora el Cristianismo es muy sensible, muy aceptado y muy agradable.

¿Quién teme a Dios? 

Tememos a la falta de empleo, tememos a nuestras ciudades, tememos al colapso de nuestro gobierno, tememos a nos ser satisfechos, tememos al SIDA pero no tememos a Dios.

Me gustaría sugerir que la iglesia se convierta en un lugar de terror de nuevo; en un lugar a donde Dios continuamente nos tuviera que decir, “No Temas”; en un lugar a donde nuestra relación con Dios no fuera una creencia sencilla o una doctirna o una teología, sino que la presencia de Dios arda en nuestras vidas. Estoy sugiriendo que el Dios domado reelevante sea reemplazado por el Dios cuya presencia derrumbe nuestros egos hasta el polvo, queme nuestro pecado hasta las cenizas y nos desnude revelando la persona interior real. La Iglesia debe llegar a ser un lugar glorioso y peligroso a donde nada sea seguro en la presencia de Dios a excepción de nosotros. Nada—incluyendo nuestros planes, nuestros horarios, nuestras prioridades, nuestras políticas, nuestro dinero, nuestra seguridad, nuestra comodidad, nuestras posesiones o nuestras necesidades.

Los dos hombres en el camino a Emaus sabían que habían estado con Jesús por que sus “corazónes ardían por dentro.” La impotencia de la Iglesia de Dios, la debilidad de los seguidores de Cristo y la irrelevancia de la mayoría de las organizaciones de las iglesias están relacionadas directamente con la falta de estar en la presencia de un Dios maravilloso, Santo que contínuamente demanda alianza solo a El—no a nuestras iglesias, nuestras organizaciones o nuestra teología.

Creemos en un Dios que quiere todo de nosotros—cada pedacito de nosotros—y El nos quiere todo el tiempo. Quiere nuestra adoración, nuestro amor, pero más que todo El quiere que confiemos en El. Debemos admirar más a Dios que a nuestro gobierno, admirar más a Dios que nuestros problemas, admirar más a Dios que nuestras creencias acerca del aborto, admirar más a Dios que nuestras doctrinas y horarios. Nuestro Dios es perfectamente capaz de calmar una tormenta o ponernos en medio de una. De cualquier manera si es Dios, estaremos mudos y temblando.

El mundo está cansado de gente cuyo Dios es un Dios domado. Está anhelando ver gente cuyo Dios es grande y santo y temible y gentil y tierno… y nuestro; un Dios cuyo amor nos asuste hasta correr a Sus brazos fuertes y poderosos a donde El desea susurrar esas palabras temibles, “te amo.”

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