Comisión de paz

Llamamiento ecuménico a la paz justa

Llamamiento ecuménico a la paz justa

Aceptado,  aprobado y recomendado para el estudio, la reflexión, la colaboración y la acción común por el Comité Central del CMI, en febrero de 2011, Ginebra, Suiza

“Para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lucas 1:79)

Preámbulo: Este llamamiento es una voz cristiana conjunta dirigida principalmente a la comunidad cristiana mundial. Inspirado por el ejemplo de Jesús de Nazaret, invita a los cristianos a comprometerse con el camino de la paz justa. Consciente de que la promesa de paz es un valor central en todas las religiones, trata de llegar a todos los que buscan la paz de acuerdo con sus propias tradiciones y compromisos religiosos. El Comité Central del Consejo Mundial de Iglesias recibe el llamamiento y lo recomienda para su estudio, reflexión, colaboración y acción común. Este llamamiento se hace público en respuesta a una recomendación de la Asamblea del CMI celebrada en Porto Alegre, Brasil, en 2006, y se fundamenta en las apreciaciones obtenidas en el transcurso del ecuménico “Decenio para Superar la Violencia 2001-2010: las iglesias en busca de reconciliación y de paz”.

La paz justa encarna un cambio fundamental en la práctica ética e implica un marco diferente de análisis y criterios para la acción. Este llamamiento marca el cambio y muestra algunas de las consecuencias para la vida y el testimonio de las iglesias. Un documento de referencia, el Manual de la paz justa, presenta consideraciones bíblicas, teológicas y éticas más desarrolladas, propuestas para un nuevo análisis y ejemplos de buenas prácticas. Se espera que, junto con los compromisos que surjan a raíz de la Convocatoria Ecuménica Internacional por la Paz que tendrá lugar en Kingston, Jamaica, en mayo de 2011, bajo el tema “Gloria a Dios y paz en la tierra”, estos materiales ayuden a la próxima Asamblea del CMI a llegar a un nuevo consenso ecuménico sobre la justicia y la paz.

1.         La justicia que abraza la paz: ¿Puede haber justicia sin paz? ¿Puede haber paz sin justicia? Buscamos con demasiada frecuencia la justicia a expensas de la paz, y la paz a expensas de la justicia. Concebir la paz independientemente de la justicia significa poner en peligro la esperanza de que “la justicia y la paz se besar[á]n” (Salmos 85:10). Debemos reformar nuestros caminos cuando falta paz y justicia, o cuando éstas se oponen. Luego levantémonos y trabajemos juntos por la paz y la justicia.

2.         Que hablen los pueblos: Hay muchas historias que contar: historias empapadas de violencia, de violación de la dignidad humana y de destrucción de la Creación. Si todos los oídos oyeran los gritos, ningún lugar sería realmente silencioso. Muchos todavía no se han recuperado del impacto de las guerras; la animadversión étnica y religiosa y la discriminación basada en la raza y la casta estropean la fachada de las naciones dejando feas cicatrices. Miles de personas están muertas, desplazadas, sin hogar, refugiadas en su propia patria. Con frecuencia, las mujeres y los niños son los más castigados por los conflictos: muchas mujeres sufren abusos, son víctimas de la trata o resultan muertas; los niños son separados de sus padres, quedan huérfanos, son reclutados como soldados o sufren abusos. Los ciudadanos de algunos países se enfrentan a la violencia de la ocupación, los paramilitares, las guerrillas, los carteles criminales o las fuerzas gubernamentales. Los de muchas naciones sufren Gobiernos obsesionados con la seguridad nacional y el poder armado que de todas formas no consiguen aportar seguridad verdadera, año tras año. Miles de niños mueren cada día a causa de una nutrición insuficiente mientras los que ocupan el poder siguen tomando decisiones económicas y políticas que favorecen a un número relativamente pequeño de personas.

3.         Que hablen las Escrituras: La Biblia hace de la justicia la compañera inseparable de la paz (Isaías 32:17; Santiago 3:18). Ambas apuntan a relaciones justas y sostenibles en la sociedad humana, la vitalidad de nuestros lazos con la Tierra, el “bienestar” y la integridad de la Creación. La paz es el regalo de Dios a un mundo roto pero amado, tanto hoy como en vida de Jesucristo: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Juan 14:27). Por medio de la vida, las enseñanzas, la muerte y la resurrección de Jesucristo, percibimos la paz como una promesa y un presente, una esperanza para el futuro y un regalo aquí y ahora.

4.         Jesús nos dijo que amáramos a nuestros enemigos, rogáramos por nuestros perseguidores y no usáramos armas mortíferas. Su paz encuentra expresión en el espíritu de las bienaventuranzas (Mateo 5:3-11). A pesar de la persecución, se mantiene firme en su no violencia activa, incluso hasta la muerte. Su vida de compromiso con la justicia termina en una cruz, instrumento de tortura y ejecución. Con la resurrección de Jesús, Dios confirma que ese amor incondicional, esa obediencia, esa confianza conducen a la vida. Esto es así también para nosotros.

5.         Allí donde hay perdón, respeto hacia la dignidad humana, generosidad y atención a los débiles en la vida común de la humanidad, alcanzamos a ver el don de la paz, aunque sea vagamente. De ello se deduce que se pierde la paz cuando la injusticia, la pobreza y la enfermedad –así como el conflicto armado, la violencia y la guerra– infligen heridas en los cuerpos y almas de los seres humanos, en la sociedad y en la Tierra.

6.         Sin embargo, algunos textos de la Biblia asocian la violencia con la voluntad de Dios. Sobre la base de esos pasajes, ciertos sectores de nuestra familia cristiana han legitimado y siguen legitimando el uso de la violencia por ellos mismos y otros. Ya no podemos leer tales textos sin prestar atención a la ausencia de respuesta por parte de los humanos al llamamiento divino a la paz. Hoy, debemos interrogar los textos que hablan de violencia, odio y prejuicios, o apelan a la ira de Dios para aniquilar a otro pueblo. Debemos permitir que dichos textos nos enseñen a discernir, como la gente en la Biblia, cuándo nuestros propósitos, nuestros planes, nuestras animadversiones, pasiones y costumbres reflejan nuestros deseos más que la voluntad de Dios.

7.         Que hable la Iglesia: Como cuerpo de Cristo, la Iglesia está llamada a ser un lugar de construcción de la paz. Nuestras tradiciones litúrgicas ponen de manifiesto de múltiples maneras, y en especial en la celebración de la eucaristía, cómo la paz de Dios nos exhorta a compartir la paz entre nosotros y con el mundo. Sin embargo, la mayoría de las veces las iglesias no hacen realidad su llamamiento. La desunión cristiana, que debilita de muchas formas la credibilidad de las iglesias con respecto a la construcción de la paz, nos invita a una conversión constante de corazones y mentes. Solo cuando las comunidades de fe están cimentadas en la paz de Dios pueden ser “agentes de reconciliación y de paz con justicia en los hogares, las iglesias y las sociedades, así como en las estructuras políticas, sociales y económicas a nivel mundial” (traducción libre, Asamblea del CMI, 1998). La iglesia que vive la paz que proclama es lo que Jesús llamó una ciudad asentada sobre un monte para que todos la vean (Mateo 5:14). Los creyentes que ejercen el ministerio de la reconciliación que Dios les ha encomendado en Cristo apuntan más allá de las iglesias a lo que Dios está haciendo en el mundo (véase 2 Corintios 5:18).

EL CAMINO DE LA PAZ JUSTA

8.         Hay muchas formas de responder a la violencia, muchas formas de practicar la paz. Como miembros de la comunidad que proclama a Cristo la encarnación de la paz, respondemos al llamamiento a introducir el don divino de la paz en los contextos contemporáneos de la violencia y los conflictos. Así pues, nos unimos al camino de la paz justa, que requiere avanzar hacia la meta y comprometerse con el viaje. Invitamos a personas de todas las tradiciones religiosas y visiones del mundo a que piensen en la meta y compartan sus caminos. La paz justa nos invita a todos a dar testimonio con nuestras vidas. Para buscar la paz debemos prevenir y eliminar la violencia personal, estructural y en los medios de comunicación, incluida la violencia hacia las personas por su raza, casta, sexo, orientación sexual, cultura o religión. Hemos de ser responsables ante quienes nos han precedido, con maneras de vivir que honren la sabiduría de nuestros antepasados y el testimonio de los santos en Cristo. También tenemos una responsabilidad ante quienes representan el futuro: nuestros hijos, la “gente del mañana”. Nuestros hijos merecen heredar un mundo más justo donde reine la paz.

9.         La resistencia no violenta es fundamental para el camino de la paz justa. Una resistencia bien organizada y pacífica es activa, tenaz y eficaz, ya sea frente a la opresión gubernamental y el abuso o frente a las prácticas comerciales que explotan a las comunidades vulnerables y la Creación. Reconociendo que la fortaleza de los poderosos depende de la obediencia y sumisión de los ciudadanos, de los soldados y, cada vez más, de los consumidores, las estrategias no violentas pueden incluir actos de desobediencia civil e insumisión.

10.       En el camino de la paz justa, justificar el conflicto armado y la guerra se vuelve cada vez más inverosímil e inaceptable. Las iglesias han luchado durante décadas contra su desacuerdo en esta materia; no obstante, el camino de la paz justa nos obliga ahora a avanzar. No basta, sin embargo, con condenar la guerra; debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para promover la justicia y la cooperación pacífica entre pueblos y naciones. El camino de la paz justa es diferente en su esencia del concepto de “guerra justa” y mucho más que criterios para proteger a las personas del uso injusto de la fuerza; además de silenciar las armas, abraza la justicia social, el imperio de la ley, el respeto de los derechos humanos y la seguridad humana común.

11.       Dentro de las limitaciones de la lengua y el intelecto, proponemos que la paz justa sea comprendida como un proceso colectivo y dinámico pero arraigado de liberación de los miedos y carencias de los seres humanos, de superación de la animadversión, la discriminación y la opresión, y de establecimiento de condiciones para unas relaciones justas que privilegien la experiencia de los más vulnerables y respeten la integridad de la Creación.

VIVIR EL CAMINO

12.       La paz justa es un viaje al propósito de Dios para la humanidad y para toda la Creación, confiando en que Dios “encaminar[á] nuestros pies por camino de paz” (Lucas 1:79).

13.       El viaje es difícil. Admitimos que debemos aceptar la verdad a lo largo del camino. Caemos en la cuenta de la frecuencia con que nos engañamos a nosotros mismos y somos cómplices de la violencia. Aprendemos a dejar de buscar justificación a lo que hemos hecho y nos preparamos para practicar la justicia. Esto significa confesar nuestras malas obras, dar y recibir perdón, y aprender a reconciliarnos.

14.       Los pecados de la violencia y la guerra dividen profundamente a las comunidades. Quienes han estereotipado y demonizado a sus adversarios necesitarán apoyo y acompañamiento a largo plazo para salir de su estado y curarse. Reconciliarse con los enemigos y restablecer relaciones rotas es un proceso largo y un objetivo necesario. En un proceso de reconciliación ya no hay los que tienen poder y los que no, los superiores y los inferiores, los poderosos y los insignificantes. Tanto víctimas como victimarios son transformados.

15.       Los acuerdos de paz son a menudo precarios, provisionales e inadecuados. Los lugares donde se declara la paz aún pueden estar llenos de odio. Reparar el daño de la guerra y la violencia puede llevar más tiempo que el conflicto que lo causó. Pero lo que hay de paz a lo largo del camino, aunque sea imperfecta, es una promesa de las grandes cosas que nos esperan.

16.       Viajamos juntos. La Iglesia dividida con respecto a la paz y las iglesias desgarradas por los conflictos tienen poca credibilidad como testigos y trabajadoras por la paz. El poder de las iglesias para trabajar por la paz y dar testimonio de ella depende de encontrar un propósito común al servicio de la paz pese a las diferencias de identidad étnica y nacional e, incluso, de doctrina y orden eclesiástico.

17.       Viajamos como una comunidad, compartiendo una ética y práctica de la paz que incluyen el perdón y el amor a los enemigos, la no violencia activa, el respeto hacia los demás, la delicadeza y la misericordia. Buscamos la paz en nuestras oraciones, pidiendo a Dios discernimiento a medida que avanzamos y los frutos del Espíritu a lo largo del camino.

18.       En las afectuosas comunidades de fe que viajan juntas, hay muchas manos para aliviar a los cansados de su carga. Una puede ofrecer un testimonio de esperanza en medio de la desesperación; otra, amor generoso por los necesitados. Las personas que han sufrido mucho encuentran valor para seguir viviendo a pesar de las tragedias y las pérdidas. El poder del Evangelio les permite dejar atrás hasta las inimaginables cargas del pecado personal y colectivo, de la ira, la amargura y el odio, que son el legado de la violencia y la guerra. El perdón no borra el pasado, pero cuando volvemos la vista atrás podemos ver que los recuerdos han cicatrizado, las cargas se han dejado de lado y los traumas han sido compartidos con otras personas y con Dios. Podemos proseguir el viaje.

19.       El viaje resulta atrayente. Con tiempo y dedicación a la causa, cada vez más personas escuchan la llamada a convertirse en pacificadores. Estas personas provienen de amplios círculos dentro de la iglesia, de otras comunidades de fe y de la sociedad en general. Trabajan para superar las divisiones de raza y religión, nación y clase; aprenden a permanecer junto a los empobrecidos; o asumen el difícil ministerio de la reconciliación. Muchas descubren que no es posible mantener la paz sin cuidar de la Creación y apreciar el trabajo milagroso de Dios.

20.       Al compartir el camino con nuestros prójimos, aprendemos a pasar de defender lo que es nuestro a vivir de manera generosa y abierta. Nos familiarizamos con nuestro papel de pacificadores. Descubrimos a personas de distintas profesiones y condiciones sociales. Nos da fuerza trabajar con ellas, reconocer nuestra vulnerabilidad mutua y afirmar nuestra común humanidad. El otro ya no es un extraño ni un adversario sino un prójimo con quien compartimos la carretera y el viaje.

HITOS EN EL CAMINO DE LA PAZ JUSTA

21.       La paz justa y la transformación de conflictos. La transformación de conflictos es una parte esencial de la construcción de la paz. El proceso de transformación comienza desenmascarando la violencia y sacando a la luz los conflictos ocultos para que las víctimas y las comunidades puedan ver sus consecuencias. La transformación de conflictos tiene como objetivo desafiar a los adversarios a que redirijan sus intereses opuestos al bien común. Para ello quizás se deba perturbar una paz artificial, poner al descubierto la violencia estructural o encontrar maneras de restablecer las relaciones sin represalias. La vocación de las iglesias y las comunidades religiosas es acompañar a las víctimas de la violencia y defenderlas. También es fortalecer los mecanismos civiles de gestión de conflictos e imputar responsabilidades a las autoridades públicas y otros perpetradores, incluso a los de dentro de las comunidades eclesiásticas. El ‘imperio de la ley’ es un marco de importancia fundamental para todos estos esfuerzos.

22.       La paz justa y el uso de la fuerza armada. Sin embargo, no cabe duda de que habrá momentos en que nuestro compromiso con la paz justa se ponga a prueba, pues se busca la paz en medio de la violencia y bajo la amenaza del conflicto violento. Hay circunstancias extremas en que, como último recurso y mal menor, el uso lícito de la fuerza armada puede resultar necesario para proteger a grupos vulnerables de personas expuestos a amenazas letales inminentes. Aun así, admitimos que el uso de la fuerza armada en situaciones de conflicto es un indicio de un grave fracaso y un nuevo obstáculo en el camino de la paz justa.

23.       Aunque reconocemos la autoridad de la ONU en el marco del derecho internacional para responder a las amenazas a la paz mundial en el espíritu y la letra de la Carta de las Naciones Unidas, incluido el uso del poder militar conforme a las restricciones que impone el derecho internacional, nos sentimos obligados como cristianos a ir más lejos: cuestionar cualquier justificación teológica o de otro tipo del uso del poder militar y considerar que es obsoleto confiar en el concepto de “guerra justa” y su uso tradicional.

24.       Reconocemos el dilema moral inherente a esas afirmaciones, que se resuelve en parte si los criterios desarrollados en la tradición de la guerra justa todavía sirven de marco para una ética sobre el uso lícito de la fuerza. Dicha ética permitiría, por ejemplo, que se consideraran ‘intervenciones policiales justas’, surgiera una nueva norma de derecho internacional sobre la ‘responsabilidad de proteger’ y se utilizaran de buena fe los mecanismos de consolidación de la paz consagrados en la Carta de las Naciones Unidas. La objeción de conciencia a servir en las fuerzas armadas debería ser reconocida como un derecho humano. Muchos otros factores que son la antítesis de la paz y del imperio de la ley en el plano internacional deben ser categórica y finalmente rechazados, empezando por la tenencia o utilización de armas de destrucción masiva. Nuestra vida común alienta la convergencia de ideas, acciones y leyes para construir y consolidar la paz. Como cristianos, nos comprometemos con un discurso ético transformado que guíe a la comunidad en la práctica de la transformación de conflictos no violenta y en la promoción de las condiciones para avanzar hacia la paz.

25.       La paz justa y la dignidad humana. Nuestras Escrituras nos enseñan que la humanidad es creada a semejanza de Dios y bendecida con dignidad y derechos. El reconocimiento de esa dignidad y esos derechos es uno de los puntos clave de nuestra comprensión de la paz justa. Afirmamos que los derechos humanos universales constituyen el instrumento legal internacional indispensable para proteger la dignidad humana. Para ello, consideramos que es necesario que los Estados tengan la responsabilidad de asegurar el imperio de la ley y garantizar tanto los derechos civiles y políticos, como los derechos económicos, sociales y culturales. No obstante, observamos que en muchas sociedades prolifera el abuso de los derechos humanos, en tiempos de guerra y de paz, y que aquellos a quienes se debería imputar la responsabilidad de esos abusos se benefician de la impunidad. Hay un llamamiento universal a abogar por los derechos humanos y en contra de la impunidad. Nuestra respuesta debe tender la mano en busca de amistad y cooperación a todos los asociados de la sociedad civil –incluidas las personas de otras religiones– que tratan de defender los derechos humanos y afianzar el imperio de la ley en el plano internacional.

26.       La paz justa y el cuidado de la Creación. Dios hizo buenas todas las cosas y ha confiado a la humanidad la responsabilidad de cuidar de la Creación (Génesis 2:4b-9). La explotación del mundo natural y el abuso de sus recursos limitados revelan un patrón de violencia que, con frecuencia, beneficia a algunas personas a costa de muchas. Sabemos que toda la Creación gime por ser liberada, en particular de los actos abusivos de los humanos (Romanos 8:22). Como personas religiosas, reconocemos nuestra culpa por el daño que hemos causado a la Creación y a todos los seres vivos por medio de nuestros actos y de nuestra inacción. La visión de la paz justa es mucho más que el restablecimiento de relaciones justas en la comunidad; también obliga a los seres humanos a cuidar de la Tierra en cuanto nuestro hogar. Debemos confiar en la promesa de Dios y luchar por que los recursos de la Tierra se compartan de manera equitativa y justa.

27.       Construcción de culturas de paz. Estamos comprometidos a construir culturas de paz en colaboración con personas de otras tradiciones religiosas, convicciones y visiones del mundo. Con ese compromiso, intentamos responder a los imperativos del Evangelio de amar a nuestro prójimo, rechazar la violencia y tratar de obtener justicia para los pobres, los desheredados y los oprimidos (Mateo 5:1-12; Lucas 4:18). El esfuerzo colectivo confía en los dones de hombres y mujeres, jóvenes y mayores, dirigentes y trabajadores. Reconocemos y valoramos los dones de las mujeres para consolidar la paz. Reconocemos el papel único de los líderes religiosos, su influencia en las sociedades y el poder potencialmente liberador de la sabiduría y el entendimiento religiosos a la hora de promover la paz y la dignidad humana. Al mismo tiempo, lamentamos las situaciones en que los dirigentes religiosos han abusado de su poder con fines egoístas o en que los modelos culturales y religiosos han contribuido a la violencia y la opresión. Nos preocupan en especial la retórica y las enseñanzas agresivas que son propagadas bajo el pretexto de la religión y amplificadas por el poder de los medios de comunicación. Aunque admitimos con profunda humildad la complicidad cristiana –en el pasado y en el presente– a la hora de manifestar prejuicios y otras actitudes que alimentan el odio, nos comprometemos a construir comunidades de reconciliación, aceptación y amor.

28.       Educación para la paz. La educación inspirada en la visión de la paz es más que instrucción en las estrategias del trabajo por la paz. Es una formación del carácter profundamente espiritual en la que participa la familia, la iglesia y la sociedad. La educación para la paz nos enseña a cultivar el espíritu de la paz, inculcar el respeto por los derechos humanos, e imaginar y adoptar alternativas a la violencia. La educación para la paz promueve la no violencia activa como poder de cambio sin igual que se practica y valora en diferentes tradiciones y culturas. La educación del carácter y la conciencia prepara a las personas para buscar la paz y luchar por ella.

BUSCAR Y LUCHAR JUNTOS POR LA PAZ JUSTA

29.       La peregrinación cristiana hacia la paz ofrece muchas oportunidades para construir comunidades de paz visibles y viables. Una iglesia que reza por la paz, sirve a su comunidad, utiliza el dinero de manera ética, se preocupa por el medio ambiente y cultiva buenas relaciones con otros puede convertirse en un instrumento de paz. Además, el testimonio de las iglesias gana credibilidad cuando trabajan unidas por la paz (Juan 17:21).

Por la paz en la comunidad: para que todos vivamos sin miedo (Miqueas 4:4).

“Lo que pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia…” (Miqueas 6:8). “Amarás […] a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10:27). “Orad por los que […] os persiguen” (Mateo 5:44).

30.       Desafíos mundiales. Demasiadas comunidades están divididas por la clase económica, por la raza, el color y la casta, por la religión y el sexo. Los hogares y las escuelas están plagados de violencia y abuso. Las mujeres y los niños sufren violaciones físicas, psicológicas y por práctica cultural. El abuso de drogas y alcohol y el suicidio son formas de autodestrucción a gran escala. Los lugares de trabajo y las casas de oración quedan marcados por los conflictos dentro de la comunidad. Los prejuicios y el racismo niegan la dignidad humana. Los trabajadores son explotados y las industrias contaminan el medio ambiente. Muchas personas no tienen acceso a la atención sanitaria y solo unas pocas se la pueden permitir. Se acentúan las diferencias entre los ricos y los pobres. Las tradiciones que unen a las comunidades se ven debilitadas por influencias comerciales y estilos de vida importados. Los medios de comunicación, los juegos y los espectáculos que promueven la violencia, la guerra y la pornografía deforman los valores de la comunidad y alientan los comportamientos destructivos. Cuando hay violencia, los hombres jóvenes serán en general quienes la perpetren o sean sus víctimas, y las mujeres y los niños correrán gran peligro.

31.       Orientaciones principales. Las iglesias empiezan a construir una cultura de paz cuando se involucran, colaboran y aprenden unas de otras. Se dará participación a los miembros, las familias, las parroquias y las comunidades. Entre las tareas se incluye aprender a prevenir los conflictos y transformarlos; proteger y empoderar a los marginados; afirmar el papel de las mujeres en la resolución de conflictos y la construcción de la paz, e incluirlas en tales iniciativas; respaldar los movimientos no violentos por la justicia y los derechos humanos, y participar en ellos; y dar a la educación para la paz el lugar que le corresponde en las iglesias y las escuelas. Una cultura de paz requiere que las iglesias y otros grupos religiosos y comunitarios desafíen a la violencia allí donde se produce, es decir tanto a nivel de la violencia estructural y habitual, como a nivel de la violencia constantemente presente en los espectáculos de los medios de comunicación, los juegos y la música. Las culturas de paz se hacen realidad cuando todas las personas, en particular las mujeres y los niños, están a salvo de la violencia sexual y protegidas del conflicto armado; cuando se prohíben y retiran de las comunidades las armas mortíferas; y cuando se aborda el problema de la violencia doméstica y se acaba con él.

32.       Si las iglesias quieren ser pacificadoras, los cristianos deben primero luchar por la unidad en sus esfuerzos por la paz. Las congregaciones han de unirse para romper la cultura del silencio sobre la violencia en la vida de la iglesia y superar la habitual desunión ante la violencia dentro de nuestras comunidades.

Por la paz con la Tierra: para que se preserve la vida.

Dios creó el mundo y lo hizo uno, ofreciendo a la humanidad la vida en toda su plenitud. Sin embargo, el pecado rompe las relaciones entre las personas y con el orden creado. La Creación anhela que los hijos de Dios sean administradores de la vida, la justicia y el amor (Génesis 2:1-3; Juan 10:10; Romanos 8:20-22).
33.       Desafíos mundiales. Los seres humanos han de respetar y proteger la Creación. Pero la avaricia a muchos niveles, el egocentrismo y la confianza en el crecimiento ilimitado han llevado a la explotación y destrucción de la Tierra y sus criaturas. Los llantos de los pobres y vulnerables resuenan en los gemidos de la Tierra. El consumo excesivo de combustibles fósiles y otros recursos limitados está causando violencia a las personas y el planeta. El cambio climático como consecuencia de los estilos de vida de los humanos representa una amenaza mundial para la paz justa. El calentamiento global, la subida del nivel del mar y la creciente frecuencia e intensidad de las sequías y las inundaciones afectan sobre todo a las poblaciones más vulnerables del mundo. Los pueblos indígenas son ejemplares por su forma de vida sostenible y, junto con los habitantes de los atolones de coral y las empobrecidas comunidades costeras, figuran entre los que menos contribuyen al calentamiento global. No obstante, son los que más sufrirán.

34.       Orientaciones principales. Cuidar del valiosísimo don divino de la Creación y luchar por la justicia ecológica son principios clave de la paz justa. Para los cristianos, también son una expresión del llamamiento del Evangelio a arrepentirnos del despilfarro de los recursos naturales y a convertirnos diariamente. Las iglesias y sus miembros tienen que ser cautos con los recursos de la Tierra, especialmente con el agua. Debemos proteger a las poblaciones más vulnerables al cambio climático y ayudar a salvaguardar sus derechos.

35.       Los miembros de la iglesia y las parroquias de todo el mundo deben evaluar su impacto ambiental de manera autocrítica. Los cristianos tienen que aprender, individualmente y en las comunidades, a vivir de maneras que permitan a toda la Tierra prosperar. Se necesitan muchas más congregaciones ‘ecológicas’ e iglesias ‘verdes’ en el plano local. Se requiere mucha movilización ecuménica a nivel mundial para la implementación de acuerdos y protocolos internacionales entre Gobiernos y empresas a fin de garantizar una Tierra más habitable no solo para nosotros, sino también para todas las criaturas y para las generaciones futuras.

Por la paz en el mercado: para que todos vivamos con dignidad.

Al crear de manera extraordinaria un mundo con riquezas naturales más que suficientes para mantener a innumerables generaciones de seres humanos y otros seres vivos, Dios pone de manifiesto la visión de que todas las personas vivan con dignidad la vida en toda su plenitud, independientemente de su clase, sexo, religión, raza o identidad étnica (Salmos 24:1; Salmos 145:15; Isaías 65:17-23).

36.       Desafíos mundiales. Al mismo tiempo que pequeñas élites mundiales acumulan riquezas inimaginables, más de 1.400 millones de humanos subsisten en la extrema pobreza. Algo va muy mal cuando la riqueza de las tres personas más adineradas del mundo es mayor que el producto interno bruto de los cuarenta y ocho países más pobres del planeta. Una regulación ineficaz, instrumentos financieros innovadores pero inmorales, estructuras de recompensa deformadas y otros factores sistémicos exacerbados por la avaricia provocan crisis financieras mundiales que destruyen millones de puestos de trabajo y empobrecen a decenas de millones de personas. Los crecientes abismos socioeconómicos dentro de las naciones y entre ellas plantean serias dudas sobre la eficacia de las políticas de liberalización económica orientadas al mercado para erradicar la pobreza y ponen en entredicho la búsqueda del crecimiento como el objetivo primordial de cualquier sociedad. El consumismo y la privación son formas de violencia. El gasto militar global –más elevado ahora que durante la Guerra Fría– contribuye poco a aumentar la paz y la seguridad internacionales y mucho a ponerlas en peligro; las armas no afrontan las principales amenazas para la humanidad pero usan amplios recursos que se podrían consagrar de nuevo a ese fin. Tales disparidades suponen un desafío fundamental para la justicia, la cohesión social y el bien público dentro de lo que se ha convertido en una comunidad humana global.

37.       Orientaciones principales. La paz en el mercado se cultiva creando “economías de vida”, las cuales se basan esencialmente en relaciones socioeconómicas equitativas, el respeto de los derechos de los trabajadores, el reparto justo y el uso sostenible de los recursos, alimentos saludables y asequibles para todos, y una amplia participación en la toma de decisiones económicas.

38.       Las iglesias y sus colaboradores en la sociedad deben abogar por la plena implementación de los derechos económicos, sociales y culturales. Las iglesias deben promover políticas económicas diferentes para la producción y el consumo sostenibles, el crecimiento redistributivo, los impuestos justos, el comercio justo y la provisión universal de agua limpia, aire puro y otros bienes comunes. Las estructuras y políticas reguladoras tienen que volver a conectar las finanzas no solo con la producción económica sino también con la necesidad humana y la sostenibilidad ecológica. Se tendrían que hacer grandes recortes en el gasto militar para financiar programas que promuevan los objetivos de suficientes alimentos, refugios, educación y salud para todas las personas y ofrezcan remedios para el cambio climático. La seguridad humana y ecológica ha de convertirse en una prioridad económica más importante que la seguridad nacional.

Por la paz entre los pueblos: para que las vidas humanas estén protegidas.

Somos creados a imagen del Dador de vida, se nos prohíbe quitar la vida y se nos ordena amar incluso a nuestros enemigos. Juzgadas con equidad por un Dios justo, las naciones son llamadas a abrazar la verdad en la plaza pública, transformar las armas en aperos de labranza, y no prepararse más para la guerra (Éxodo 20:17; Isaías 2:1-4; Mateo 5:44).

39.       Desafíos mundiales. La búsqueda valerosa de la paz y la transformación de conflictos, los avances en el imperio de la ley, las nuevas normas y tratados que regulan el uso de la fuerza, y el nuevo recurso judicial contra los abusos de poder que se aplica incluso a jefes de Estado ilustran la historia humana. La ensucian, sin embargo, los opuestos morales y políticos de estos últimos, que incluyen la xenofobia, la violencia intercomunitaria, los delitos motivados por prejuicios, los crímenes de guerra, la esclavitud y el genocidio, entre otros. Aunque el espíritu y la lógica de la violencia están profundamente arraigados en la historia humana, las consecuencias de tales pecados han aumentado de manera exponencial en los últimos tiempos, intensificadas por las aplicaciones violentas de la ciencia, la tecnología y la riqueza.

40.       Hoy en día, una nueva agenda ecuménica para la paz es todavía más urgente por la naturaleza y el alcance de tales peligros en la actualidad. Somos testigos del extraordinario aumento de la capacidad humana para destruir la vida y sus fundamentos. La magnitud de la amenaza, la responsabilidad humana colectiva detrás de ella y la necesidad de una respuesta global coordinada no tienen precedentes. Dos amenazas de esa envergadura –el holocausto nuclear y el cambio climático– podrían acabar con muchas vidas y con todas las perspectivas de paz justa. Ambas son abusos violentos de la energía inherente a la Creación. Una catástrofe proviene de la proliferación de armas, en particular, de armas de destrucción masiva; la otra amenaza se puede entender como la proliferación de estilos de vida de extinción masiva. La comunidad internacional lucha por conseguir el control de ambas amenazas con poco éxito.

41.       Orientaciones principales. A fin de respetar el carácter sagrado de la vida y consolidar la paz entre los pueblos, las iglesias tienen que trabajar para fortalecer las normas internacionales de derechos humanos y los tratados e instrumentos de responsabilidad mutua y resolución de conflictos. Para prevenir los conflictos mortales y los asesinatos en masa, se debe poner fin a la proliferación de las armas pequeñas y las armas de guerra, y dar marcha atrás en este asunto. Las iglesias han de generar confianza y colaborar con otras comunidades de fe y personas con diferentes visiones del mundo con el fin de reducir las capacidades de las naciones para hacer la guerra, eliminar las armas que ponen a la humanidad y al planeta bajo un peligro sin precedentes, y deslegitimar en general la institución de la guerra.

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42.       Un pueblo nacido para anhelar. Nuestro hogar no está como debería y como estará. Aunque la vida en las manos de Dios es incontenible, aún no reina la paz. Los principados y las potestades todavía disfrutan de sus victorias si bien no son soberanos, y estaremos inquietos y quebrantados hasta que prevalezca la paz. Por eso, nuestra construcción de la paz deberá necesariamente criticar, denunciar, defender y resistir, además de proclamar, empoderar, consolar, reconciliar y sanar. Los pacificadores hablarán a favor y en contra, derribarán y construirán, se lamentarán y celebrarán, se afligirán y se regocijarán. Hasta que nuestro anhelar se una a nuestro pertenecer en la consumación de todas las cosas en Dios, el trabajo de paz continuará como el parpadeo de la gracia segura.

 

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